viernes, 3 de diciembre de 2010

O Magnum Mysterium.

Zoroastro, profeta persa fundador del zoroastrismo/mazdeísmo, también conocido como Zaratustra.

Libro:
"Así habló Zaratustra" de Friedrich Nietzsche.
Tema musical: "O Magnum Mysterium" de Tomás Luis de Victoria.


I

Hace miles de eternidades atrás, velaban los dioses al mundo en las profundidades de los bosques del Edén. Eran buenos y justos, de todos tamaños y colores.

Zoroastro, dios de la muerte, prepotente y vanidoso, era sin duda, el más cruel de todos. Yacía dormido, sostenido delicadamente por raíces de sauce, atados cuello, brazos y piernas con firmeza. Cuentan las leyendas del bosque que el sauce acariciaba las almas que el dios consumía, y es que estaban en pena y de entre su pecho lloraban la eternidad; otras leyendas afirman que era el sauce quién calmaba la cólera de su amado, ya que se dice que la ira del dios muerte equivaldría a mares rojo sangre y las almas del mundo saldrían disparadas de sus cuerpos y llegarían en unísolo a la boca de Zoroastro, absorbidas.
Fue un agudo chirrido el que abrió sus ojos de forma tan brusca. Sonido como de campanillas. Percatándose del despertar del monstruo, el sauce aflojó sus raíces y con suavidad, hizo que sus pies tocaran el suelo.

Clavaba su mirada a todas direcciones, aturdido. Impaciente, empezó su búsqueda. Habrán sido horas, una tras otra, las que recorrió Zoroastro buscando el ruido atroz. Llegó así a un lago, lago de lamentos. Se dice que los dioses lloraron aquél rincón del bosque y sus lágrimas se concentraron juntas, formando así el lago.

Estaba aquella extraña silueta, moviéndose de un lado a otro en el lago. Eso era. Las gotas del lago hacían eco y se escuchaban como las campanillas de miles de hadas en vuelo. Escondido entre arbustos, Zoroastro alzó su brazo, y justo cuando iba a atacar a la borrosa silueta, esta estampó al dios prepotente contra el suelo. Iracundo, Zoroastro forcejeó contra la figura, en vano. Los rayos de luna alumbraron la silueta, mostrando dos ojos abiertos y curiosos, rasgos de extrañeza adornaban el rostro. Zoroastro detalló aquellos rasgos y pasando las horas, se quedaron ambas almas pegadas al suelo, contemplándose.

"¿Quién eres tú?" - preguntó un muy confundido Zoroastro.

La figura sonrió y acercando su rostro aún más al dios muerte, respondió.

"soy Zaratustra."



II

Y allí seguían, luego de quién sabe cuánto tiempo, Zoroastro y Zaratustra. Sin decir una palabra, se decían todo. Fue así como un rayo de Zeus iluminó la mente de Zoroastro. ¡Pero claro! con solo verle, supo. Zaratustra, dios de la vida. ¡Tonto, Zoroastro! ¿Cómo no te has dado cuenta?

Se dice que vida y muerte no deben encontrarse, ya que muy claro se le ha dicho a muerte el arma mortal que es vida. Repudiada por muchos, entendida por pocos. Pero ¿qué no es la muerte quién pone fin a la vida? Vida te enfrenta y cae siempre, muerte. No temas. Burla su experience, muerte, que tú ganas siempre, burla. Nada.

Jamás de los jamases se habían visto, un saludo, una mirada, nada de nada y sin embargo, Zoroastro creía conocer a Zaratustra, Zaratustra creía conocer a Zoroastro. Completos extraños; y se conocían.

El tiempo se detuvo, y ambos dioses congelaron sus miradas, abriendo sus corazones.



III

Conversaban entre risas la inmortalidad del cangrejo, y es que se complementaban a la perfección. Eran lo blanco de lo negro, lo bueno de lo malo. Era como si el sol se posara sobre la luna y con sus rayos iluminara cada una de sus fases. Vida y muerte sumergidas en una amena plática. Zaratustra sosteniendo su propio peso y Zoroastro tirado en el suelo, atrapado bajo las jaulas que eran los brazos de Zaratustra.

"Te dejaré ir." -afirmó un sonriente Zaratustra.

Se levantó del suelo y tendiendo su mano a Zoroastro, quién dudoso la tomó, lo ayudó a levantarse. Se miraron fijamente una fracción de segundo y Zoroastro retrocedió un paso. Era la oportunidad perfecta para escapar. Volvería a las raíces del sauce y borraría todo posible recuerdo del encuentro.
Se dió media vuelta y dando unos pasos, se detuvo en seco. No quería dejarle. Algo andaba mal, y creía Zoroastro escuchar los alaridos del sauce, llamándole; extrañándole. Tapó sus oídos con ambas manos, ignoraba los alaridos. Muerte, tú no debes ignorar los alaridos del sauce, no. Regresa a sus raíces y calma las almas en pena que yacen en tu pecho. Que regreses, muerte, que regreses. Dándose la vuelta, ignorando por completo al sauce y sus propias advertencias, enfrentó una vez más al supuesto extraño.

"Será que... ¿será que puedes seguir con lo que hacías?" – preguntó, muy apenado.

"¿Qué hacía?" - respondió Zaratustra confundido.

"Lo que hacías... ya sabes... danzabas."

"Danza. ¿Tú quieres que dance... para tí?" - y sin conseguir respuesta del cuestionado, prosiguió - "Lo haré".



IV

A pasos cautelosos, se dirigió Zaratustra al lago y danzaba. Giraba y giraba como bailarina, y Zoroastro creía escuchar nuevamente las campanillas. Qué raro, las recordaba más golpeadas y menos hermosas. Sus ojos seguían la figura perdida de Zaratustra. Su pecho quemaba en llantos eternos de las almas perdidas, lloraban con fuerza. Pero no importaba. ¡Oh, qué feliz era Zoroastro!

La danza detuvo su compás, el final de la pieza. Una lástima.
Se acercó Zaratustra a su fiel espectador y sentándose a su lado lo contemplaba.

"¿Cómo te sientes?" - preguntó Zaratustra.

Zoroastro sonreía. De verdad, sonreía.
Con una mano aplastaba su pecho, con la otra tocó el rostro de Zaratustra, tan cálido al toque de su fría palma inmunda. Y sonreían.

"Me siento bien... me siento con vida."

No hay comentarios:

Publicar un comentario